Anabel Lasheras Meavilla, que forma parte del patronato de las fundaciones Mujeres Felices y Castillo de Loarre, desarrolla la RSC del Grupo Mémora en Aragón.

Profesora de educación especial, realiza desde 1992 una intensa actividad en la puesta en valor del medio rural. Senadora por Huesca y Portavoz de la Comisión de Trabajo y Asuntos Sociales en la VII Legislatura, dirigió la asociación AFAMMER en Aragón durante 15 años. De 2008 a 2011 fue Directora General de Desarrollo Sostenible y Biodiversidad, en el Gobierno de Aragón. En 2012 puso en marcha la Fundación Paraíso. Es una gran defensora de los derechos de la mujer. Ha presidido desde 2005 a 2015 la Asociación de Amigos del Castillo de Loarre. Ha sido también Consejera General de IberCaja en representación de la Comunidad Autónoma de Aragón.

29 abr. 2011

El valor del debate

Algunas ruedas de prensa e intervenciones políticas de ahora se limitan a leer un comunicado evitando cualquier diálogo con los periodistas. Portavoces que no pueden decir nada más que lo que tienen estrictamente autorizado o quizá que no se atreven a pensar y a expresarse por su cuenta por temor a ser desmentidos luego por sus jefes. No aceptan preguntas, no tienen respuestas.


En las Cortes, un año más, como ya tantos, los representantes de los partidos nacionales se enfrentan entre sí, no por nada en concreto sino que se oponen sistemáticamente. Basta con que uno diga una cosa, para que el otro sostengan la contraria, sin pararse siquiera un minuto a escuchar las razones de la posición opuesta y, menos aún, tomarse la molestia de estudiar juntos el asunto con la atención que se requiera. No escuchan las razones de sus oponentes porque no les importan, pues creen que apoyar al rival político es siempre un error que se paga caro electoralmente. En política, por desgracia, funciona ese dicho tan nefasto de que “al enemigo, ni agua”.


Me parece que cada vez que ocurre esto, se está cegando la fuente vital de la democracia: el debate político tiene sentido porque los seres humanos, como tenemos bien comprobado todos, somos capaces de entendernos entre nosotros, de reconocer que un parecer es más razonable que otro y pasarnos a él decididamente porque nos resulta más convincente, porque nos parece mejor. La experiencia común es que discutiendo los asuntos razonablemente a menudo cambiamos de parecer; esto es, aprendemos de las opiniones de los demás porque sus razones nos parecen mejores que las nuestras.


Si se desea realmente el bien de la sociedad no habrá nunca miedo a explorar las razones que asistan a las diversas posiciones en una determinada materia. Incluso cuando no se llega a un entendimiento, la exposición de las razones de cada postura es algo positivo, pues quedan como precedente para una oportunidad ulterior y, sobre todo, quienes actúan lo hacen en conciencia.


A menudo, el pluralismo se expresa, sobre todo, en la diferente importancia que unos y otros asignamos a los problemas que afectan a nuestra sociedad y, por tanto, discrepamos en la distribución del presupuesto y de los esfuerzos que hayan de invertirse en su solución. El ecologista considera prioritario el cuidado del medioambiente, el nacionalista el autogobierno y el socialista la iniciativa estatal y la redistribución de la riqueza. Como los recursos son limitados y las cuestiones complejas, resulta imprescindible establecer prioridades entre los objetivos a los que de hecho se va a prestar atención. A veces estas preferencias no son del todo racionales y por eso se resuelven mediante votación. Se votan aquellos asuntos en los que no resulta posible llegar al entendimiento racional o en los que no merece la pena invertir más tiempo en su estudio y deliberación. La votación es el método para dirimir el desacuerdo, pero en los asuntos realmente vitales para un país es deseable siempre llegar al acuerdo, al genuino entendimiento racional.


Cuando las campañas, los medios de comunicación, se convierten en un espacio de insultos, amenazas y mutuas descalificaciones, peligra la democracia. El miedo a la racionalidad, a la discusión abierta, sincera, que busca soluciones, es una de las fuentes del totalitarismo. “El debate -escribía Hannah Arendt- constituye la esencia misma de la vida política”. Donde no hay debate público no hay libertad ni hay entendimiento racional: ese es su formidable valor.
(Con textos del profesor Jaime Nubiola)

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